Viernes, 24 de abril del 2020

Buen día.

El evangelio de hoy nos acerca a ese momento en el que Jesús, después de haberse retirado al monte con sus discípulos, levanta la mirada y se encuentra a toda una multitud que se había acercado para verle. La amistad con Jesucristo nos hace también a nosotros levantar la mirada y no perder de vista lo que “sucede” a nuestro alrededor.

La inmediata preocupación del Señor es no despedir a la gente sin darles algo de comer y por eso le pone a prueba a Felipe “¿con qué compraremos panes para que coman estos?” Era realmente un reto desproporcionado. Al final todo se “arregla” con lo que lleva un muchacho, cinco panes de cebada y dos peces. Eso sigue siendo así. No tenemos más. Y el Señor tampoco nos pide más, sino aquello que tenemos.

La ofrenda que hacemos en la Misa es exactamente igual de pobre, un poco de pan sin levadura y un poco de vino. Ya el Señor a través de la oración de la Iglesia, se va a encargar de convertirla en su Cuerpo y Sangre. Desproporcionado.

Hoy ¿qué es lo que tienes para ofrecer al Señor? Porque también estamos nosotros rodeados de personas que tienen hambre, que están en descampado, que no tienen esperanza para sus vidas, que sufren la soledad o la pérdida de seres queridos…¿Qué tienes para ofrecer a Jesús?

Muchas veces nuestro problema está en pensar que no tenemos grandes cosas para dar/hacer/compartir, y eso no es verdad. El cristiano sabe que el Señor, con aquello que ponemos de nuestra parte, hace maravillas. Y esto vale para todos los ámbitos de nuestra vida.

Por eso no vale el refugiarnos en falsas humildades de quien se está repitiendo continuamente a sí mismo; yo no valgo, yo no puedo, yo no sé… En estas respuestas hay mucho “yo”, mucho amor propio, excesivo sentido del ridículo, demasiada excusa…y poco ver con realismo lo que Dios nos ha dado. ¡¡¡Pon en juego tus dones!!! y deja que el Señor con eso “poco” que le ofreces, realice el milagro. Fíate del Señor que a través de ti, como de ese muchacho, quiere saciar a toda una multitud.

Ayer nos quedamos en la reflexión sobre la Eucaristía y el regalo inmenso que supone para nosotros. Es verdad que nuestras generaciones no tienen quizás una buena formación sobre el misterio eucarístico y lo hemos banalizado. Hemos hecho de la Eucaristía un “espectáculo” como dice el Papa Francisco, y nos hemos situado esperando que alguien (normalmente el sacerdote) nos entretenga bien.

Me aburro en Misa, no entiendo nada, qué larga…o por el contrario se escucha; qué Misa tan bonita, qué entretenida, qué amena…. Unas u otras expresiones, me da igual, desvelan lo mismo: no hemos percibido lo esencial. Hemos convertido la Misa en algo que sucede fuera de nosotros y en la que nosotros tenemos poco que ver.

Nos acercamos, quizás, a Misa sin preparación previa, sin haber leído las lecturas, empezamos normalmente sin un tiempo de silencio (cuando no llegamos tarde), entramos a ver qué toca hoy, y así es muy difícil que la Misa pueda transformarte interiormente. Te habrá agradado más o menos la homilía (que para algunos parece ser lo más importante) y de eso dependerá tu vivencia de ese día. Y ahora pregunto yo ¿y el Señor? ¿no lo has visto, oído, recibido? Porque esa sí que es la clave. ¿Qué te ha dicho hoy tu Señor, qué palabra te llevas, qué impresión en tu alma?

Os pido que acojáis estas palabras desde la positividad, tenemos un trabajo importante para hacer y eso repercutirá en toda nuestra vida. Tal y como estamos en Misa, estamos en la vida…y esto vale en primer lugar para mí.

Adjunto un resumen de la estupenda entrevista hecha al Cardenal Sarah y para quien quiera mando la entrevista completa, que no tiene desperdicio.

También os invito a ver hoy un precioso testimonio de Madre Verónica (fundadora del Instituto IESU COMMUNIO) a las 14’00 horas en 13TV.

Con todo afecto y bendición.+