Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre

San Bernardo (fue monje cisterciense y gran autor espiritual). Es doctor de la Iglesia (1090-1153).

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Con toda seguridad vive en nosotros por la fe y habita en nuestra memoria, habita en nuestro pensamiento y desciende incluso hasta nuestra imaginación. Antes, efectivamente, ¿qué idea podía el hombre hacerse de Dios sino la de un ídolo fabricado por su propio ingenio? Dios era incomprensible e inaccesible. Pero, ahora, Dios quiere que se le pueda comprender, que se le pueda ver, que se le pueda tocar y alcanzar con el pensamiento.

¿De qué manera?, me preguntas. Escondido en un pesebre, descansando sobre las rodillas de la Virgen, predicando en la montaña, orando de noche; y no menos clavado en la cruz, lívido en la muerte, libre entre los muertos y victorioso sobre el infierno. Resucitando al tercer día, mostrando a los apóstoles las llagas de los clavos, signos de su victoria, y, por fin, subiendo ante su mirada, hacia los cielos. De todos estos acontecimientos ¿hay alguno que deje de suscitar en nosotros un pensamiento verdadero, fervoroso y santo? Si pienso en cualquiera de ellos, pienso en Dios, y, a través de todos ellos, él es mi Dios. Meditar estos acontecimientos es la sabiduría misma. Es la dulzura que María meditaba en su corazón.