Os dejo la paz, os doy mi propia paz

San Columbano. Monje irlandés fundador de monasterios en Francia (563-615)

Moisés escribió en la Ley: Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Nos toca a nosotros reflejar a nuestro Dios, nuestro Padre, la imagen de su santidad. No seamos pintores de una imagen extraña. Y para que no introduzcamos en nosotros la imagen del orgullo, ¡dejemos que Cristo pinte en nosotros su imagen! Lo hizo cuando dijo: Os dejo la paz, os doy mi propia paz.

Pero ¿para qué sirve saber que esta paz es buena para nosotros si no la guardamos con cuidado? Lo bueno es a menudo muy frágil, y los bienes preciosos necesitan un cuidado esmerado y una gran vigilancia. La paz es muy frágil y se puede perder por una palabra dicha con ligereza o por una pequeña herida causada al hermano. Ahora bien, no hay nada que guste tanto a los humanos como hablar palabras ociosas y ocuparse de cosas insustanciales, hacer discursos vanos y criticar a los ausentes. De ahí se desprende que los que no puedan decir con el profeta: El Señor me ha dado una lengua de discípulo para sostener con mi palabra al abatido, deben callarse, o bien, si dicen alguna palabra, que sea una palabra de paz. La plenitud de la Ley consiste en el amor. ¡Que nuestro Señor y Salvador Jesucristo se digne inspirar nuestras palabras, él que es el autor de la paz y el Dios del amor!