Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Lector: Te Adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Todos: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo

Jesus con niñosEl sonido del llanto sobresalía entre los insultos y gritos. Era un llanto tan apasionado que llamó la atención de nuestro Señor en medio de su propia agonía. Los ojos de Jesús buscaron entre los espectadores y divisaron a un grupo de mujeres que lloraban por Él. Y en ese momento Cristo, el Siervo Sufriente, tiende su mano para aliviar el sufrimiento de los demás… “No lloren por mí, lloren más bien por ustedes…” (Lucas 23:27-28) Él las consuela y al mismo tiempo las invita a ver más allá de lo inmediato, ofreciendo una perspectiva vital a los hijos de Dios. Jesucristo cumplía una misión. El amor está siempre en acción.

El sufrimiento no significa que Dios no te ama. Dios te ama y no desea el sufrimiento pero a veces lo permite para que tú crezcas. Cuando sufres fielmente enfermedades o dolores que están fuera de tu control, estás dando testimonio a los demás de tu inquebrantable amor por Dios. El sufrimiento amplía tu perspectiva, te ayuda a crecer en la compasión, la gratitud y la dependencia hacia Dios, tu Padre amoroso. Así que tanto si eres tú el que sufre como si contemplas a alguien que sufre, confía en que Dios tiene un plan secreto, un plan que te llevará a ti (y a los demás) más cerca de Él. Como dijo San Agustín: “Dios tuvo un Hijo en la Tierra sin pecado, pero nunca tuvo alguno sin sufrimiento”.

Padre nuestro…
Dios te salve María…
Gloria al Padre…
 
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