Duodécima estación: Cristo muere en la cruz

Lector: Te Adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Todos: Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Jesús en la cruzEl cielo se oscurece. Cae la lluvia. La tierra tiembla. La creación reacciona a la muerte del Creador. El mal ríe mientras El Transfigurado cuelga sin vida y sin forma. Los ángeles guardan silencio. El mismo Señor se permite ser destruido. No hay más palabras, no hay más milagros. Cristo no se salva a sí mismo, pero lo ofrece todo para salvarnos. Todo está consumado.

Cuando Cristo da su último respiro, el enemigo pensó que todo había terminado. Pero se equivocaba. La obra de salvación no había concluido. El pecado, no Dios, estaba siendo destruido. Jesús hizo lo que nadie pudo, pagó tu deuda. Su sacrificio te hace digno del cielo. No se trata de tus obras. No se trata de cuánta oración hagas, o de cuánto leas la Biblia. No se trata de las cosas buenas que hagas, ni de las misas a las que vayas. No te puedes “ganar” tu salvación. Tu salvación es un regalo; la Cruz y los sacramentos son una invitación a que vivas siempre con Dios. Y todo lo que “haces” por Dios- las misas, oraciones, servicios- es una respuesta a Su amor y a Su invitación a la vida eterna. No hay amor más grande que dar la vida por los demás (Juan 15:13). Cristo dio la vida por ti. ¿Por cuántos mueres tú? Él hizo lo que tú no podías hacer, pero hay mucho que tú sí puedes hacer. Él murió para que tuvieras vida. Vive de manera que ayude a otros a conocer a Cristo y la vida en abundancia que Él ofrece.

Padre nuestro…
Dios te salve María…
Gloria al Padre…
 
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